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LA CONDUCTA DE LOS NIÑOS

LOS NIÑOS APRENDEN A COMPORTARSE.

Cuando un niño nace, no sabe jugar, estudiar, pensar, querer a los demás, prestar atención, hablar... Todas estas habilidades y conductas y la inmensa mayoría de las que un niño manifiesta las va aprendiendo a lo largo de los días y de los años. Los padres, maestros y otras personas de la comunidad intervenimos de manera decisiva en ese largo y complejo aprendizaje.

Las rabietas, agresiones, peleas, miedos, timidez, desobediencia, problemas con las comidas… y la mayoría de los problemas de conducta que los niños presentan durante el desarrollo de su personalidad también los aprenden, no nacen con ellos. Y también en ese aprendizaje intervenimos activamente nosotros.

Jugar, pensar, tener miedos… y la mayoría de los que un niño hace, piensa y siente son CONDUCTAS APRENDIDAS. Para comprender a los niños, prevenir sus dificultades, ayudarles a resolver sus problemas es importante, pues, que sepamos explicar cómo aprenden sus conductas y sus problemas de conducta y cómo cambian y desarrollan el modo de comportarse. Vamos a verlo.

EXPLICACIONES INADECUADAS DE LA CONDUCTA DE LOS NIÑOS

Para conseguir éstos objetivos quizá tengamos que cambiar primero algunos modos habituales de explicar la conducta de los niños. En efecto, algunas de nuestras explicaciones son inadecuadas. Veamos.

•  El destino, a la herencia (“ha nacido torcido”, “le sale de dentro”, “cuando le da, le da”, “ha salido a su padre”…) fomentan en padres y maestros actitudes fatalistas de desconcierto, desánimo (“genio y figura..” “ no hay quien os entienda”…). El niño acaba pensando también de sí mismo que “es incorregible”, que ha “nacido torcido”, que “no hay quien le entienda”… E n estas ocasiones es poco probable que desee cambiar y que sepa cómo hacerlo. Entonces, los padres y maestros quizá decidan “dejarlo por imposible”.

•  Las etiquetas (“apático”, “malo”, “responsable”, “neurótico”, “egoísta”, “está mal de la cabeza”, “está loco”, “es hiperactivo”…) y las interpretaciones precipitadas (“lo veo como falto de afecto”) también tienen serios inconvenientes. Veamos algunos:

•  Son tan vagas e imprecisas que no nos permiten comprender con claridad lo que se quiere decir con ellas, no nos permiten saber lo que ha ocurrido realmente.

•  Se prestan, por eso mismo, a multitud de interpretaciones diferentes. En efecto, ¿cuántas cosas diferentes pueden significar para distintas personas las etiquetas de “hiperactivo”, “malo”, etc.?

•  Por ser tan poco precisas y concretas dificultan el acuerdo. Es más, ocasionan con relativa frecuencia desacuerdos y discusiones entre aquellas personas interesadas por el niño. Uno de los profesores dice a Pedro que es “apático e irresponsable” , y el otro piensa lo contrario. ¿Cómo podrían ponerse de acuerdo sobre la conducta de Pedro?

•  Con interpretaciones precipitadas corremos el peligro de equivocarnos frecuentemente.

•  Constituyen, además, generalizaciones incorrectas e injustas. El padre de Juan, olvidando muchas conductas positivas de su hijo, se fija solamente en una (empujar a su hermano) y es la única que tiene en cuenta a la hora de dirigirse a él (“eres un agresivo, siempre estás así”).

•  Por otra parte, si al padre de Juan le preguntamos por qué dice que es “agresivo”, nos dirá probablemente “porque ha empujado a su hermano”. Y si le preguntamos de nuevo por qué cree que ha empujado a su hermano, intentará “explicárnoslo” diciendo “`porque Juan es agresivo”. Con estas respuestas, seguiremos sin comprender por qué Juan empuja a su hermano.

•  Si queremos ayudar a Juan y a Pedro a cambiar su forma de comportarse, estas etiquetas no nos aportan orientaciones útiles de cómo hacerlo. Por eso no es extraño que muchas veces estemos totalmente desconcertados y utilicemos procedimientos de cambio inadecuados: castigos indiscriminados y sermones, apelar a la “fuerza de voluntad” del niño, visitas angustiadas y repetidas a los especialistas para que “arreglen al niño la cabeza”, etc.

•  Un grave inconveniente de las etiquetas y del recurso al destino y a la herencia es que tienden a ver la conducta de los niños como una cuestión meramente personal, individual e interna del niño, como algo de “su cabeza”. Olvidan la estrecha relación que tiene con todo lo que ocurre en el ambiente y en la comunidad familiar y escolar en las que el niño se desarrolla.

•  La conducta de los niños cambia con el paso del tiempo de una situación a otra. Sin embargo, las etiquetas nos hacen ver al niño como inalterable, le marcan a veces irremediablemente para toda la vida. Invitan por eso a la pasividad: “es así, qué le vamos hacer”.

Veamos entonces…

PARA EXPLICAR Y CAMBIAR ADECUADAMENTE LA CONDUCTA DE LOS NIÑOS…

Lo primero que tenemos que hacer es describirla con claridad y exactitud, decir justamente lo que pasó, de manera que se pueda saber a qué nos estamos refiriendo cuando lo comunicamos a los demás.

Si desarrollamos esta habilidad, evitaremos los inconvenientes de las etiquetas, seremos más objetivos y más justos y comprenderemos mejor a nuestros hijos y a nuestros alumnos. Vale la pena que nos entrenemos desde hoy mismo. Trata de localizar en el siguiente cuadro las expresiones que describan conductas de manera clara y precisa.

1. El agresivo e inmaduro.

2. Empuja y tira a su hermano cada vez que éste le quita su juguete favorito.

3. Hiperactivo.

4. Siempre que su madre le deja en el colegio se pone a llorar y está llorando 5 minutos.

5. Es independiente e infantil.

6. Durante la hora de clase se levanta unas cinco veces para ir a charlar con la compañera del fondo.

7. Es un neurótico.

8. Cuando no se le deja ver la televisión se tira al suelo y patalea.

9. Muy independiente.

10. Se asea y desayuna solo todos los días.

11. Muy tímido.

12. En el recreo suele estar solo, apartado de los demás.

Solución: 2,4,6,8,10,12.

 

Si alguna vez has dicho o dices de tu hijo o de tu alumno cosas tan generales e imprecisas como “es muy malo”, “es muy infantil”, “es un neurótico”, “es mimado y egoísta”, “es muy independiente” u otras cosas por el estilo, trata ahora de definir con términos claros y precisos a qué conductas te estás refiriendo. T e darás cuenta de que estás siendo más justo y objetivo y que los demás te entienden mejor.

Para poder describir con claridad y exactitud las conductas es necesario observarlas. Etas observaciones podemos hacerlas a lo largo del día, en momentos concretos del día, en situaciones específicas o en otras condiciones que fijemos de antemano.

En ocasiones, para que nuestras observaciones y descripciones sean más rigurosas y objetivas, y no sufran las deformaciones del olvido, nos será útil hacer registros de las conductas que observamos y de la situación en la que esas conductas tienen lugar.

LA CONDUCTA DE LOS NIÑOS DEPENDE DE LA CONSECUENCIA QUE TIENE

Si observamos y registramos con cuidado la conducta de nuestros hijos y alumnos nos daremos cuenta de algo muy importante: lo que el niño hace, piensa y siente, no ocurre “porque sí”, “por capricho” o de manera misteriosa. Por el contrario, depende las consecuencias que esas conductas tienen para el niño y para los demás. Ante la conducta de un niño tratemos de responder siempre a una pregunta clave ¿qué ocurre después, cómo respondemos, qué decimos, qué hacemos nosotras a continuación?

Veamos…

Si la conducta de un niño (vestirse solo, estudiar) va seguida de un premio, recompensa o reforzador positivo (atención de sus padres y maestros, elogio, palabras de aprobación), el niño la repetirá con más frecuencia en el futuro y la estará aprendiendo mejor.

Para que un niño aprenda, pues, una conducta, es necesario que esa conducta vaya seguida de un reforzador positivo. La atención, las palabras de elogio y aprobación se llaman recompensas o reforzadores positivos, porque refuerzan y consolidan las conductas. Hay otros muchos reforzadores positivos que los padres y maestros podemos utilizar en la comunicación de nuestros niños: sonrisas, leerles o contarles un cuento, caricias, escucharles, llevarles de paseo, dejarles jugar, caramelos, juguetes, puntos… La atención dispensada por los adultos es un poderoso reforzador para casi todos los niños.

Cuando la conducta de un niño no es reforzada con un reforzador positivo, no va seguida de consecuencias agradables, es menos probable que vuelva a ocurrir en el futuro, se debilita y se extingue. Muchos padres y maestros damos por sentado que las conductas que consideramos adecuadas y deseables las tienen que manifestar los niños “porque es su deber” o “porque es natural que lo hagan”, y por eso no nos acordamos de reforzarlas e incluso decidimos abiertamente no hacerlo. En esas condiciones nuestros hijos y nuestros alumnos no aprenden ni repiten esas conductas, sencillamente porque no las reforzamos.

En ocasiones, las consecuencias o refuerzos positivos se los administra el niño a si mismo diciéndose palabras de elogio, pensando bien de sí mismo, permitiéndose realizar una actividad placentera como premio. Es importante fomentar en los niños, sirviendo nosotros de ejemplo, la habilidad de reforzarse a si mismos por lo que hacen.

INADVERTIDAMENTE REFORZAMOS A VECES CONDUCTAS INADECUADAS

Las conductas inadecuadas y los problemas de conducta también se aprenden si van seguidos de consecuencias y reforzadores positivos. A veces enseñamos, fortalecemos en los niños esas conductas porque, sin querer las reforzamos.

Si las travesuras de Luis en clase tienen como consecuencia atraer la atención del profesor y provocar las risas y la diversión de los compañeros, es muy probable que Luis siga haciendo travesuras en el futuro. De este modo, Luis está aprendiendo a hacer travesuras en clase, y el profesor y los compañeros, reforzándole con su atención y sus risas, le están enseñando a hacerlas.

Con frecuencia dedicamos mucha atención y estamos más encima de las conductas molestas e inadecuadas de nuestros hijos y alumnos. A las positivas y adecuadas las hacemos poco caso, aún viéndoles las elogiamos. En algunos casos pasamos mucho tiempo tratando de “convencerles” mediantes largos “sermones” y “razonamientos” de que no deberían haber actuado así. También es un modo de prestar atención a las conductas inadecuadas. Como resultado estas conductas ocurren más a menudo que las adecuadas. Y eso no es debido a que “se les pega más pronto lo malo”, como solemos decir, sino sencillamente a que atendemos y reforzamos más las conductas inadecuadas.

EL ALIVIO ES UN REFORZADOR

Cuando una conducta (llorar, decir “me duele la tripa”, gritar y reñir) tiene como consecuencia el fin de una situación agradable (tener que ir a un recado, ruido de los alumnos), esta conducta se aprende. Si el maestro grita y riñe para que los alumnos se callen, y lo consigue aunque sea de modo provisional, el maestro, aliviado y reforzado por el silencio de sus alumnos, está aprendiendo a gritar para hacerlos callar. Y sus alumnos, callándose, le están enseñando a gritar.

LAS CONSECUENCIAS CONTRADICTORIAS

En ocasiones, una misma conducta de un niño tiene consecuencias diferentes, incluso contradictorias. Esto puede ocurrir por varios motivos. Las consecuencias pueden cambiar si cambia la situación: la conducta de correr no tiene las mismas consecuencias si ocurre en el recreo que si ocurre dentro del aula. El niño normalmente aprende a diferenciar ambas situaciones y se ajusta a ellas.

Pero en ocasiones al niño no le resulta tan difícil distinguir. Un día nos reímos ante una conducta, y al día siguiente, dependiendo de nuestro humor, respondemos con la crítica o el castigo ante la misma conducta. Otras veces lo que ocurre es que existe desacuerdo entre el padre y la madre en la forma de reaccionar ante la conducta del niño y uno de ellos no apoya lo que el otro ha dicho o hecho.

En estas ocasiones, el niño no puede prever con seguridad las consecuencias que va a tener su conducta, y sentirá desconcierto., temor e inseguridad. Se considerará impotente para influir con su conducta en el ambiente de los demás y para obtener reforzamiento de manera segura. A veces no sabrá que hacer y quizá manifieste conductas contradictorias y desconcertantes, o quizá aprenda a sacar ventajas del desacuerdo e inconsistencia de sus padres.

IMPORTANCIA DEL REFUERZO SOCIAL

Para que nuestros hijos y alumnos aprendan conductas adecuadas y desarrollen su personalidad necesitan refuerzo social.

Refuerzos sociales son el abrazo, la sonrisa, las caricias, la aprobación, el elogio, el interés, la atención, el cariño de sus padres y maestros proporcionamos a los niños como respuesta a sus comportamientos. Este refuerzo social positivo es tan necesario para el desarrollo del niño como lo es el agua y la luz del sol para las plantas. Si queremos influir de modo afectivo en al desarrollo de los niños y queremos hacerles felices, tenemos que convertirnos en buenos dispensadores de refuerzo social.

Cuando el niño no recibe refuerzo social, o éste es insuficiente, manifestará deficiencias en su desarrollo, como una planta sin agua y sin luz. No aprenderá a estimarse a sí mismo y se deprimirá. Un niño deprimido es un niño que recibe pocos refuerzos sociales.

Un niño que recibe de sus padres y maestros poca estima y atención por sus conductas adecuadas puede llegar a descubrir que portándose mal, llorando a todas horas, amenazando, manifestando quejas, realizando incluso conductas delictivas, siendo la “oveja negra”, es cuando obtiene mayor atención de los adultos. Es muy probable entonces que el niño repita esas conductas. Como crea problemas y es molesto, sus padres y maestros tratarán evitarlo. D es este modo se reducen más todavía las ocasiones en las que pueda recibir de ellos refuerzo social. Pero comprobará que, al menos controla e influye en sus padres y maestros a base de obligarles a evitar sus conductas problemáticas. Si además en otras situaciones (pandilla…) encuentra afecto, elogio y aprobación por sus conductas problemáticas, es muy probable que éstas se hagan cada vez más frecuentes, a la vez que se van extinguiendo las conductas positivas.

COMO EMPLEAR EL REFORZAMIENTO Y LOS REFORZADORES

Una recompensa o refuerzo es más eficaz cuando es administrada inmediatamente después de una conducta del niño o mientras ésta ocurre. A veces dejamos pasar mucho tiempo entre la conducta y la administración del refuerzo, y en este caso el refuerzo resulta ineficaz. Tratándose sobre todo de niños pequeños, y en los primeros pasos del aprendizaje de una conducta nueva, las promesas con refuerzos futuros suelen ser poco eficaces para estimular el aprendizaje.

En las primeras fases del aprendizaje, el refuerzo debe darse cada vez que el niño manifiesta la conducta, y debe darse muchas veces. Las conductas sociales complejas (comunicarse con los demás, vestirse sólo, estudiar, aprender a leer…)se componen de conductas más simples, de pequeños pasos. Hay que reforzarle por cada uno de estos pequeños pasos que el niño va dando hacia la meta completa, sin esperar a que llegue a ésta. Si queremos que nuestro hijo o nuestro alumno aprenda a interesarse por el estudio, debemos reforzarle cada vez que manifieste alguno de los pasos que componen la conducta de un estudiante (hablarnos del colegio, dedicar al menos diez minutos a la tarea…). ¿Qué pequeños pasos debemos reforzar para que un niño aprenda a vestirse solo o a comunicarse bien con sus amigos?

Cuando una conducta está ya bien aprendida y consolidada, el refuerzo sera más eficaz si se da sólo de vez en cuando.

Siempre que utilicemos reforzadores materiales (caramelos, juguetes, puntos…) o de actividad (dejarles jugar, sacarles al recreo, llevarles al cine…) debemos acompañarlos de un clima de refuerzo social positivo. De este modo, el refuerzo social se hará más sobresaliente, aunque vayamos retirando gradualmente los otros reforzadores.

Para que un niño aprenda a comportarse de manera adecuada, le reforzaremos la conducta adecuada, pero no la contraria. Si queremos que Antonio coma solo, le prestaremos atención y le elogiamos cuando esté comiendo solo, pero no le prestaremos atención cuando no coma, se distraiga o pida que le demos de comer.

LA CONDUCTA TAMBIÉN DEPENDE DE SUS ANTECEDENTES

Si queremos conocer todavía mejor a nuestros niños, tendremos que seguir observando y hacernos otra pregunta clave: ¿qué ha pasado antes de que el niño manifieste su conducta, qué circunstancias y qué personas están presentes cuando él actúa, piensa o siente? Veamos.

Los padres y maestros comprobamos muy a menudo que los niños manifiestan algunas conductas (rabietas, miedos, desobediencia, problemas con las comidas, agresiones…) sólo en determinadas circunstancias y situaciones, no en otras (una hora concreta del día, el fin de semana…), en presencia de determinadas personas y no en presencia de otras (padre, madre, maestro, adultos desconocidos, compañeros…), ante unos estímulos concretos y no ante otros (un objeto, un animal, la oscuridad, una consigna verbal dada por un adulto…) ¿Por qué? Veamos.

Si una circunstancia, persona o estímulo están presentes para el niño cuando una conducta suya va seguida de una consecuencia agradable, la conducta en cuestión ocurrirá con mayor probabilidad en presencia de estas circunstancias, personas o estímulos en cualquier otra situación. Si la rabieta de un niño va seguida de un reforzador positivo (conseguir lo que quiere), en su casa y ante la madre, pero no en el colegio y ante el maestro, es probable que en el futuro tenga rabietas en casa y ante su madre, pero no en el colegio y ante el maestro.

LOS NIÑOS TAMBIÉN APRENDEN POR IMITACIÓN

Una de las circunstancias antecedentes que más influyen en lo que los niños hacen, piensan y sienten son los ejemplos que observan en los demás niños, en sus padres, maestros o modelos simbólicos (películas, cuentos, historias contadas). Si queremos conocer, pues, a nuestros niños, preguntémonos cuáles son los modelos a los que imitan. Y si queremos ayudarles de manera efectiva además de ser adecuados dispensadores de refuerzos positivos, tenemos que convertirnos en modelos adecuados para ellos, “predicando con el ejemplo”.

El aprendizaje por imitación es el más eficaz cuando el modelo recibe recompensas por la conducta que realiza, cuando el niño está muy atento al modelo, reproduce mentalmente lo observado y lo recibe después intensamente, y cuando el niño recibe reforzamiento por sus conductas imitativas. También será tanto más eficaz cuando más cordiales y afectuosas son las imitaciones entre el modelo y el niño.

QUE HACER ANTE UN PROBLEMA DE CONDUCTA

Para intervenir de manera eficaz en los problemas cotidianos de conductas de nuestros hijos y alumnos debemos adoptar una actitud serena, pensar en las alternativas de cambio y recorrer los pasos previos como el dramatismo, la irritación y el nerviosismo, lo único que hacen es agravar el problema e impedirnos pensar en su solución.

Cuando el problema dura ya desde hace mucho tiempo, causa graves trastornos en las relaciones familiares o escolares o nos sentimos desbordados por él, quizás lo más razonable sea recurrir a una ayuda psicológica . Para ello podemos acudir al Centro de Promoción de nuestro distrito.

 
         
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